Mi hijo es homosexual: ¿cómo reaccionar?

Publicado
04/07/2016

© Getty Images

“No me lo puedo creer. Estoy aturdida, atónita y desolada. Mi hijo es homosexual (…) ¿Por qué nosotros? ¿Qué he hecho mal?” Con estas palabras inicia el relato Anna Ghione, quien se reveló 2002 ante la orientación sexual de su hijo adolescente.

Este último había invitado a un amigo a casa y ella de repente sintió una furia irreprimible al ver que su hijo se comía con los ojos a la persona de la que se había enamorado perdidamente. Entonces, rápidamente echó al joven que ella consideró como responsable de esta bomba, como si “(su) hijo acabara de tener un accidente”.

A pesar de las diferentes pistas que Alexandre le había ido dando, llegando incluso a confiarle directamente su homosexualidad a su padrastro, Anna no había querido aceptarlo. Y a pesar de lo que acababa de suceder, seguía creyendo que se trataba de una "crisis", que su hijo "deliraba", que podría "salvarlo" con psicoterapia.

A pesar de que siempre se había preguntado “lo que no funcionaba en los homosexuales”, nunca había pensado que reaccionaría así… hasta que la homosexualidad tocó a la puerta de su propia familia. Muy próxima a su hijo, “nunca habría podido imaginar un día en el que rechazaría a su hijo simplemente porque era diferente”.

 

La prueba de “salir del armario”

Anunciar la homosexualidad a tus padres puede hacerse de diferentes maneras, es decir, existen tantas formas como configuraciones familiares. Y mientras que a algunos no les gusta ponerle nombre, hay otros que sufren más con los gestos.

Sin embargo, “cuando las relaciones familiares se basan en representaciones ideales, puede que el niño prefiera proteger a su familia manteniéndolo en secreto y no lo diga. Cuando le parezca que su entorno ya está más abierto de mente, entonces puede que lo empiece a dejar entrever invitando a su amigo(a) a venir a casa. Algunos no necesitan hacer declaraciones oficiales, mientras que otros, por el contrario, necesitan decirlo para aclarar la situación", explica Paulo Queiroz, que interviene en el seno de la asociación Contact.

 

Renunciar a la satisfacción de sus deseos narcisistas

Pero en todos los casos de padres en los que este anuncio supone un choque observamos una constante: “¿Soy yo el responsable de la homosexualidad de mi hijo?”. Esta pregunta es la que Anna se planteó inmediatamente. "Ahora ya sé por qué negué tanto lo evidente: porque ponía patas arriba mi vida de madre (...) ¿Por qué me hacía esto mi hijo? Si aceptaba su homosexualidad, la gente le iba a mirar de una manera diferente”, explica Anna. Anna se sentía “traicionada” por su hijo. Y nunca iba a tener nietos...

“Los padres deben renunciar a esta imagen del hijo idealizado que está allí para satisfacer de forma narcisista sus expectativas. Sin embargo, ¿el papel de un hijo es el de subsanar las expectativas de los padres o afirmar su diferencia?", plantea el psicoanalista. Por su parte, Anna hoy en día afirma que su amor por su hijo era “egoísta”. “Yo no lo amaba verdaderamente por él, sino más bien por mí misma", recuerda.

 

Sumirse en su propia historia

Desde entonces, y tras su reacción de profunda cólera, Anna piensa que en realidad se esconde una verdadera falta de confianza en ella misma. “Existen miedos que nos hacen responder así para no tener que enfrentarnos a ello”, considera.

Aunque quería enviar a su hijo a terapia, al final fue ella la que decidió dar el paso. Es así como rememoró sus propios fantasmas: el abandono de las mujeres por parte de los hombres de la familia.

“Yo quería que él asumiera un papel de marido y padre", analiza. Aunque se abstiene de dar soluciones completas a los padres, Paulo Queiroz sí que les invita a reconstruir su historia familiar. “Los que nos han precedido han dejado su huella. También les pido a los padres que descubran lo que les pasó a ellos desde un punto de vista inconsciente, sin culpabilizarlos”, continúa el psicólogo. Por ejemplo, Anna recordó que estaba convencida de que esperaba una hija cuando estaba embarazada de Alexandre.

 

Aceptar la diferencia

Han tenido que pasar años para que Anna acepte a su hijo tal y como es. Ha pasado por el rechazo, la negación y la rabia, pero lentamente ha retomado el contacto, incluso aunque siente que hay algo que se ha roto. Después de un accidente grave, se dio cuenta de que, homosexual o no, lo “importante” era que pudieran estar “juntos”.

Después conoció a su novio y a su familia, y se dio cuenta de que los homosexuales no eran la comunidad retraída que ella se imaginaba. Y luego, cuando su hijo tuvo problemas de pareja, fue consciente de su angustia y soledad.

En ese momento, su homosexualidad ya no importaba y Anna recuperó su papel de madre. “Alexandre me ha demostrado, con su bondad y su respecto durante todos estos años, que podemos acoger y admitir al otro incluso aunque piense, coma, sienta, hable, actúe y viva de manera diferente", nos explica. Posteriormente, ha sido él el que la ha apoyado en las diferentes etapas de la vida.

 

Reanudar el diálogo

Este testimonio, que ella ofrece hoy a otros padres, lo comparte en el seno de la asociación Homogène, en Mans, de la que su hijo es presidente.

“Cada padre sigue su propia temporalidad. Quizás necesitan 5 o 6 años para aceptarlo. Los grupos de debate de las asociaciones les permiten escuchar a otros padres que han superado diferentes etapas. Madres que nunca pensaban aceptarlo acaban por distinguir entre su propio deseo y el deseo de su hijo. Los padres a veces también agradecen a sus hijos que hayan tenido el coraje de romper con una hipocresía familiar. Acaban por crear una alianza nueva con su progenitor y por mirar a su propia familia desde otra perspectiva", analiza Paulo Queiroz.

Hoy en día muy unida a su hijo, Anna ha tenido la valentía de enfrentarse a su propia intolerancia y a cuestionarse la norma social. Como prueba de ello, una última cita de su libro: “Aunque Alexandre hoy me dijera que es heterosexual, no me parecería normal. ¿Increíble, verdad?”